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sábado, 16 de mayo de 2015

Tomás Sanz en el diario La Razón




La Razón


Recuerdo que no hace no mucho tiempo (quizás en algún momento de 2014), iba una tarde caminando por la callecita de la Casa Rosada cuando vi pasar a Tomás Sanz con cierta lentitud (llevaba un bastón). Mientras continuaba hacia -supongo- la concreción de algún trámite en una oficina pública, iba pensando que este hombre, con tanta trayectoria en el periodismo y en el humor gráfico, podía pasar por allí en paz, como un desconocido ilustre, siendo quien mucho hizo desde Humor Registrado por el reestablecimiento de la Democracia en nuestro país. Un ejemplo más de gente que desde su casi anonimato ha dado tanto y muy bueno a sus semejantes.
Por todo esto y porque aún no tuve la posibilidad de ver su muestra en el Museo del Humor, he copiado la siguiente nota publicada en el diario La Razón, que ayuda a trazar el perfil de este gran artista, patrimonio genuino y noble de nuestra cultura popular:



Tomás Sanz: Su ingenio y su talento en el Museo del Humor

“Zapatos en la heladera” es la muestra en la que el humorista expone dibujos publicados en la revista “Humor”, donde fue su director, en “Olé”, donde está actualmente, y muchos de su archivo personal. Imperdible. 

Por Paula Conde - Pconde@larazon.com.ar - Miércoles 13 de Mayo - La Razón



“Tomás, Tomás, Tomás querido, hicimos una colecta con los muchachos y pudimos traerte este regalo”. El periodista Juan Sasturain le ofrece un globo celeste a Tomás Sanz. Son las dos de la tarde de un sábado de mayo, en el pituco Museo del Humor (MuHu), en Costanera Sur. Como el Paseo de la Historieta está por sumar dos nuevas esculturas -la del Eternauta y la de Tía Vicenta-, puertas afuera hay festejo, hay música a todo volumen, hay globos de colores, hay un escenario donde en un rato tocará “La Bomba de Tiempo”. Pero ahora, en la entrada del MuHu, el dibujante y humorista Tomás Sanz recibe el globo de la mano de su amigo Juan y como buen hincha de “La Academia” le dice entre dientes: “Podría al menos tener unas rayitas blancas, ¿no?”. “Es todo lo que pudimos conseguir”, le retruca entre risueño, cariñoso y muy serio Juan Sasturain.

Tomás Sanz -Tom para los amigos- es uno de los cracks del humor gráfico argentino y hasta el 26 de junio en el Museo del Humor se podrá visitar la muestra “Zapatos en la heladera. 50 años de dibujos en busca de un lugar”. Allí, el humorista expone sus mejores dibujos, algunos publicados en la revista “Humor” en las décadas del 70, 80 y 90, otros en el diario “Olé”, donde escribe y dibuja actualmente, y otros de su archivo personal, dibujos que hizo porque sí, por el solo impulso de agarrar un lápiz y un papel. Talentoso e inquieto, una vez se propuso copiar tal cual la página de una revista. El desafío no era calcarla, sino copiarla a mano, en una hoja un poco más grande y con un lápiz negro. Lo consiguió. Una página reproducida hasta el más mínimo detalle de la antigua revista literaria “Leo Plan” forma parte de esta exposición: “Hice cinco como ésas. Nunca más. No sabés lo que tardé, es una locura”, cuenta Sanz, de 78 años, en una recorrida de lujo para los amigos, donde además de Sasturain está el dibujante Costhanzo, también del staff de “Olé”. “Acá estás un poco Durañona”, le tira Sastu, delante de uno de los dibujos, y sigue: “¿Y acá? ¿Por qué Kempes está como pingüino?”. “¡Qué sé yo! Ya ni me acuerdo”, se ríen. 

En una vitrina, fotos en blanco y negro muestran a un menos canoso y buenmozo Tomás en una entrevista con el técnico Carlos Bilardo: “Lo cargábamos tanto en ‘Humor’ que un día lo llamé para hablar. Me atendió él mismo y me dijo: ‘¡Cómo me pegan ustedes!’. Pero no hubo problemas para hacer la nota”, recuerda Tomás, quien empezó como dibujante y creativo publicitario, pero pronto se destacó como ilustrador y guionista en las revistas “Satiricón” y “Chaupinela” y fue director de “El Ratón de Occidente” y “Humor”. 

En la exposición, el humorista y guionista Meiji (Jorge Meijide) dice de Tomás: “Un escritorio limpio es signo de una mente enferma. Entrar a la oficina de Tomás Sanz en el cuarto piso de ‘Humor’ era enfrentar las Torres Gemelas de papeles, el Empire State, el Kavanagh y las Petronas”. Mientras que Sasturain lo define como “un ocho discreto que no se tira al piso”. En otra foto histórica, en una muestra sobre la revista “Humor”, se lo ve junto a Tato Bores, que mira de reojo los dibujos, mientras Tomás está con los ojos cerrados: “¡Mirá la cara de Tato! Está como diciendo ‘¿Qué hago acá con estos tipos?’”.





domingo, 19 de abril de 2015

Un símbolo y un ejemplo: Tomás Sanz en el Museo del Humor



Todo Noticias


El siguiente texto pertenece a la página del MuHu. Lo compartimos aquí y desde ya recomendamos visitar esta exposición -inaugurada ayer- de uno de los referentes más importantes del humor y el periodismo argentinos a partir de los años 70 a la actualidad. Además se trata de una persona muy admirada y querida, como bien lo demuestran las palabras de Jorge Meijide y Juan Sasturain, dos de sus compañeros en el camino de la creación:



Tomás Sanz: Zapatos en la heladera 

El Museo del Humor te invita a la muestra 
"Tomás Sanz: Zapatos en la heladera", 50 años de dibujos en busca de un lugar. 
Curador: Jorge Meijide. 


Tomás Sanz nació en Quiroga, provincia de Buenos Aires, en 1937 y estudió en la Escuela de Bellas Artes Manuel Belgrano. Su carrera profesional empezó como dibujante y creativo publicitario. Más adelante, fue ilustrador y guionista en las revistas Satiricón y Chaupinela y director de las revistas El Ratón de Occidente y Humor. Escribió el libro Pequeño diccionario del fútbol argentino, ilustrado por Roberto Fontanarrosa. A partir de la década de 1980, participó en numerosas muestras de humor e historieta. Actualmente, escribe y dibuja en el diario deportivo Olé. 

Inauguración: sábado 18 de abril a las 12 hrs.
Cierre: 21 de junio.
Días y horarios: Lunes a viernes de 11 a 18 hrs; sábados y domingos de 10 a 20 hrs; feriados de 12 a 20 hrs.
Lugar: Sala A del Museo del Humor (Av. de los Italianos 851, Costanera Sur)
Entrada: Jueves a domingos y feriados $10; lunes, martes y miércoles gratis. Menores de 14 años: gratis todos los días.


Su curador, Jorge Meijide, dice sobre la muestra

“Un escritorio limpio es signo de una mente enferma” dicen que dijo Einstein y, si hubiera un candidato para aseverar la célebre frase, ése sería Tomás Sanz. Entrar en la oficina de Tomás, en el cuarto piso de Humor, era enfrentar las Torres Gemelas de papeles. Y si quieren también el Empire State, el Kavanagh y la Petronas. Entre todo ese complejo edilicio de notas, apuntes, borradores, cabezales, títulos, guiones, bocetos e ideas surgía la cabeza de Tomás quien, esgrimiendo esas increíbles cejas en V corta invertida (pieza preciada de todo caricaturista) esbozaba un “¿Qué decís, Jorge?”. Y continuaba mezclando los ingredientes del plato fuerte de la próxima quincena.

“Zapatos en la heladera” es lo absurdo, una referencia inevitablemente surrealista. Un par de timbos al lado del tupper con matambre, el sachet de leche y el pan de manteca, alusión directa a lo ecléctico de esta muestra. Pero si pensamos que antes del zapato estuvieron el escarpín, las Pampero, los mocasines de Guido y los abotinados de hoy podemos pensar que en todo ese eclecticismo de su obra hay un cordón, más bien un hilo conductor. Seguramente esos increíbles escorzos dibujados con maestría en sus desopilantes escenas costumbristas son la consecuencia de los estudios sobre modelo vivo laburados en el taller de Estímulo de Bellas Artes. Y las escenografías que contienen esas escenas abrevan en cada trazo dedicado a la ilustración publicitaria. Todo esto es camino recorrido, trayectoria. En esta exposición retrospectiva hay un vasto muestrario de toda su tarea. Están sus carbonillas con desnudos y los dibujos en todas sus variantes: publicidad, caricaturas, historietas, chistes... y hasta la réplica exacta de revistas con sus distintas tipografìas e imágenes. Todo a mano. Quién no recuerda sus célebres “Visitas guiadas” en Chaupinela; los laburos en El Ratón de Occidente que incluyen una tapa de su autoría, y todo lo realizado en Humor. “Aprendiendo a jugar al tenis con Ion Tiriac”, el suplemento “Pelota”, “Fiambres en el ring”.Y entre tantos editoriales escritos quedó marcado a fuego el que apareciera apenas desatada la guerra de Malvinas. 

Por encima de todo Tomás se define como dibujante. Cultor del bajo perfil. Esas doble páginas que al pie del título decían Humor y Ceo; Humor y Tabaré; Humor y Grondona; Humor y Parissi eran guiones de él! Y no decía nada: ¡verdaderamente todo por el equipo! Si vale la comparación, surge inmediatamente la imagen de Juan Carlos Rulli, aquel histórico volante de la Academia, el hombre de los ocho pulmones como lo bautizara un relator radial. Talento, entrega y humildad. Bien de arriba y bien de abajo. Marca, cierre, despeje, quite, contención, traslado, relevo, remate, cientos de asistencias de gol. Hoy, en el Museo del Humor, todos sus incondicionales hemos instalado un arco. Dos postes, un travesaño, la red intacta. A simple vista, es como cualquier otro. Pero no es así: ¡es el arco del Celtic! Va a patear Tomás. Todavía no se dio cuenta de que es el Chango Cárdenas. 




¿Qué Tomás? (por Juan Sasturain)

Como en la vieja perinola –tan tradicional como la pregunta del equívoco– yo tomo todos. Porque no se puede elegir. A Tomás hay que tomarlo como viene, así, solo, con hielo, nunca con bebida cola. Entero y sin beneficio ni perjuicio de inventario. Es todos los que están, los que estuvieron antes, los que por siempre estarán. A diferencia de Sarmiento, que aunque no faltaba nunca a menudo sobraba, Tomás es infaltable sin sobrar jamás. 

En este apunte caradura y manoblanda, trataré una vez más de hacerle la justicia que no pide ni precisa, y en voz alta lo incorporo al santoral tras un concilio tácito de tantos. Los tomases tienen que ver con la fe. Uno en tiempos duros del Maestro sin corona dijo -y fue humillado- que necesitaba ver para creer; el otro -ya eran campeones, dueños de la pelota religiosa- explicó por qué creer era natural, inevitable. Este Tomás no sé en qué cree, pero al verlo y ver qué hace, uno le cree a él. Es lo que importa. No es tan común entre artistas. Tampoco en general. Tomás sobra largamente lo que parece. Tiene perfil bajo hasta cuando está de frente. Saludablemente –sin paradoja- pertenece a una clase en sobria y discreta extinción. En un bar, es el reservado, no el mostrador. En la cancha, un ocho solidario pero que no se tira al piso, un diez con llegada que festeja sin énfasis pocos goles inolvidables: más Bocha Maschio, que Pentrelli, con toques del Marqués Sosa. Por ahí. 

Una vez, una de las pocas veces que charlamos con cierta efusión contenida a media rienda, Tomás me contó algo que había pensado y que seguro compartió también con otros acaso más cercanos: los tangos creados -y perdidos casi en simultáneo- en la improvisación del silbido callejero. “Uno vuelve a casa tarde, silbando solo en la noche, y le sale una melodía y es un tango, y no es ninguno que exista pero es único”. Tal cual. 

En el Argumentum Ornitologicum borgiano, que está en “El hacedor”, el maestro dice (cito de memoria y con los redundantes ojos cerrados): Cierro los ojos y tengo la imagen de unos pájaros, varios, entre tres y cinco; al abrirlos no sé decir cuántos eran, pero eran un número preciso. Por lo tanto, Dios existe. Y no solo eso, digo yo: tiene la exclusiva de los tangos de Tomás, que disfruta como eternas esculturas de hielo, mientras hojea una carpeta grande así, con todos los dibujos que dejó dormir en el block de apuntes, que tiró o se le cayeron de la mesa en la cocina, en el bar, en las ruidosas redacciones. 

Algo de todo eso –un chalecito hecho con ladrillos de Nabucodonosor, en la preceptiva doliniana, tan afín- está colgado en esta exposición de maravillas que busca un orden sin necesidad, un lugar que siempre estuvo ahí. Es como recorrer una casa chorizo de barrio, reciclada, con pasillo embaldosado que da a una vereda de Calé, pero con bar de Medrano en la esquina. O como abrir un ropero de tres cuerpos con espejo tipo Alicia y fotos de cantores y jugadores de bigotito clavados con chinches en la parte interna de la puerta con el corbatero vacío y cajones llenos de tesoros secretos y maravillosas boludeces: un disfraz de carnaval de El Zorro, pantalones Oxford, pulóveres de cuello alto que no pudo tirar. Pasen y vean. No los va a defraudar.






miércoles, 4 de diciembre de 2013

Gran Exposición en la Biblioteca Nacional: "La revista Humor y la dictadura"



Gentileza Hugo Maradei


La exposición, que reúne ilustraciones y fotografías que fueron publicadas en la revista en el período 1978-1983, se inaugura el jueves 5 de diciembre a las 19 hs. en la Sala Leopoldo Lugones. Hablarán Tomás Sanz y Mona Moncalvillo.
La misma destaca la fuerte crítica y sátira a la dictadura militar que poseían. Trabajos de Andrés Cascioli, autor de las famosas tapas, Sergio Izquierdo Brown, Crist, Oski, Ceo, Fontanarrosa, Limura, Tomás Sanz, Rep, Grondona White, Tabaré, Peyró, Meiji, y fotografías de Eduardo Grossman, correspondientes a las entrevistas que realizaba Mona Moncalvillo.
Organizan Ediciones Colihue y Depeapá Contenidos Editoriales.
La muestra se puede visitar hasta el 19 de diciembre, de lunes a viernes de 9 a 21 hs. y sábados y domingos de 12 a 19 hs.






Información suministrada por Hugo Maradei, Ediciones Colihue y la Biblioteca Nacional.

viernes, 15 de noviembre de 2013

Reportaje al gran Tomás Sanz, uno de los fundadores de Humor Registrado




Esta excelente entrevista fue realizada por Daniel Enzetti para el diario Tiempo Argentino hace unos pocos días. Tomás Sanz -no tan recordado y homenajeado como debiera- nos traza con inteligencia una época muy compleja del país y del humor gráfico argentino, y además se refiere a nuestras particularidades como nación.


        "Leer Humor era como pertenecer a una cofradía"


Tomás Sanz, fundador y director de la mítica revista, repasa el papel del humor gráfico en la Argentina, un género que a fuerza de dibujantes a la altura de los mejores del mundo, marcó escuela desde los primeros medios, post Revolución de Mayo. Y cuenta la historia de una publicación convertida en salvoconducto, con la que tantos miles que resistían anónimamente a la dictadura se reconocían en la calle. 

-No hay un dato tan preciso que marque algo fundacional, pero lo que sí está claro es que todo arrancó con Satiricón, y sin muchos preparativos. Nos fuimos juntando de distintos lados. Algunos, de revistas que habían funcionado bien. Oscar (Blotta) venía de la publicidad, otros de Gente, Ula (Carlos Ulanovsky) era uno de los más jóvenes. El Tano (Andrés Cascioli) y yo también éramos del ambiente publicitario. Satiricón aglutinó eso, pero afirmar la propuesta nos costó un tiempo. Después de tres o cuatro números, publicamos una entrevista de Alicia Gallotti a Oscar Bonavena que hizo muchísimo despelote, y lo vimos como una apertura, 'acá hay un camino'. Aparecía un nuevo tipo de revista." 

 –¿Satiricón tiene antecedentes? ¿Hermanos mayores?
 –Creo que no hay antecedentes de Sati. El estilo humorístico empieza hace dos siglos, desde la institucionalización del país, con medios vinculados al poder y a la política. Caras y Caretas es un ejemplo. A San Martín le dibujaban caricaturas comparándolo con un monstruo. Pero Satiricón dejaba lo conocido de lado, tenía una impronta de jóvenes transgresores, con ganas de romper algo. Rico Tipo o Patoruzú nunca se propusieron romper nada. Landrú (Juan Carlos Colombres) con Tía Vicenta lo hizo más o menos y a (Juan Carlos) Onganía le debe haber molestado mucho el mensaje. Reconozco a Landrú, un tipo muy ingenioso que se divertía con eso, pero la publicación que a mucha gente le hizo decir "ojo con estos" fue Satiricón. Un nuevo convidado en la casa que podía joder. La farándula comenzó a ser desmenuzada, criticada, cuando en general, siempre había sido un elemento sacralizado. 

–¿Y los políticos? 
–Estamos viviendo por primera vez tres décadas democráticas sin interrupción, pero hay que contextualizar aquellos tiempos. Si no, no se entiende nada. Para el humor gráfico, las figuras políticas habían pasado de largo, simplemente porque no existía la democracia, y por ende, tampoco los políticos. Era más dura una caricatura de Sarmiento en el siglo XIX que lo que se hacía en los '60, salvo esa morsa de Landrú con Onganía. Y si no había ni política ni políticos, ¿a quién ibas a cargar? Lo único a mano eran dictaduras, y satirizar a los militares daba temor. Y eso que (Alejandro) Lanusse, comparado con la represión que vino después, parecía carmelitas descalzas. Tenía hasta alguna capacidad intelectual: se bancó a Mercedes Sosa en el Teatro Colón. 

–Illia sufrió distintas sátiras. 
–Fue el último presidente cargado en esos tiempos. En democracia se supone que no hay riesgo, salvo comerte algún juicio en contra. Recordemos que veníamos de la Libertadora, donde a nadie se le ocurría hacer nada. Con Arturo Frondizi tampoco salieron publicaciones de ese estilo. 

 –¿Cómo se conocieron con Blotta y Cascioli? 
 –Yo trabajaba en una agencia de publicidad chica, con el eufemístico nombre de PIL, Publicitaria Internacional Limitada. ¿Quién iba a conseguir anunciantes con esa sigla? (se ríe). Hacíamos folletos, campañas. Andrés era de Sarandí y Blotta de Bernal, eran amigos, y un día el Tano nos presentó. Oscar venía de Estados Unidos, influenciado por la National Lampoon. Pusieron su agencia en la calle Viamonte y me sumé. Atrás tenía un gran salón donde jugábamos a la paleta y empezamos a cocinar jodas, ideas, pero nada político. Garabateábamos bocetos: cómo salen los gordos a la calle, el perfil del colectivero, esas cosas. Un germen, un cosquilleo. Oscar maduró la idea, empezó a convocar gente, Ula, Alejandro Dolina, Mario Mactas.

–La política fue un ingrediente básico de Satiricón. La primera tapa: un general entrando a la Rosada mientras se limpia una cagada de paloma, el símbolo de la libertad, es una tarjeta de presentación.
–Se terminaba el período de Lanusse. Esa portada la hizo el padre de Oscar, que ya no estaba en Rico Tipo y viajaba de Bernal a visitarnos y darnos una mano. La cosa era escandalizar, y suponíamos que no había riesgo, porque no era común que clausuraran algo que recién empezaba. El titular "Murió Pacheco, hizo bien", aunque hoy reconozco como exagerado, era darle a la farándula con algo que no se conocía. Las reacciones eran increíbles. Una vez sacamos un perfil muy irónico y cruel del Soldado Chamamé, ¡y el tipo se apareció en la redacción, agradeciéndonos por nombrarlo! El lector era clase media, del "progresismo", interesado por esa cosa revulsiva. Nosotros decíamos "revolvamos la olla, a ver qué pescamos". Mactas dice, de un modo durísimo, que si se trata de encasillar, en la redacción había tipos que profesaban ideas de derecha, con otros como Ula, por ejemplo. Pero eso no se reflejaba en la línea editorial. En las páginas andaba todo bien, las travesuras funcionaban.

–Los antiperonistas instalaron la idea de que fue clausurada por "el peronismo" para vender una imagen de intolerancia y censura. 
–Es injusto. En términos cronológicos, Perón soportó la revista. No sé con qué grado de conformidad o enojo, pero la soportó. La clausura se produjo en tiempos de Isabel en el '74, con Perón fallecido. Además, Isabelita era tentadora, un personaje totalmente cargable, una papa. López Rega también, pero estaba más en las sombras. Y cuando tomó protagonismo, Satiricón ya no existía. La revista no tenía ideología. No es peyorativo, pero para la gente común, era una revista que picaba un poco alto en el estilo, en el lenguaje, en la irreverencia. Que no podía interesar a un tipo que compraba Crónica y se levantaba para laburar todos los días a las 6 de la mañana. 

 –Desde el cierre, hasta la aparición de Humor, la Argentina vive los años más convulsionados de su historia. ¿Cómo los tomaron? 
–De esa manera. Buscamos una continuidad. Sin Satiricón, Humor no hubiera existido. A buena parte de los que habíamos estado en Sati nos quedaba una especie de inercia. Pero ojo, una cosa era 1972 y otra 1978, con una dictadura feroz. Intentamos con refritos de Chaupinela y otras experiencias. "Los mejores chistes de tal cosa", que largábamos para probar el mercado. Oscar, con esa idea yanqui que traía lo llamaba "one shot", un disparo. Y cuando vimos que había alguna repercusión, el Tano, el más arriesgado, empezó a armar el grupo. Nos reuníamos en la calle Piedras, y fueron surgiendo nombres: Alfredo Grondona White, Ceo, Aquiles Fabregat. También necesitamos un período de instalación. Humor empezó modestamente, tanteando. Con cargadas a Martínez de Hoz, a Idi Amin con uniforme militar, como un mensaje para la dictadura. El primer gran revuelo se produjo con una tapa de Andrés con los reyes de España, de visita en Argentina y López Rega apareciendo debajo del vestido de la reina. Laburábamos en condiciones muy precarias. Las ventas eran muy buenas, pero salíamos mensualmente. Satiricón vendía 250 mil ejemplares por mes, que comparado con Rico Tipo no era nada: 200 mil ejemplares por semana.

–Esa tapa fue censurada.
–La pararon en las playas de distribución, pero lo que nos dejó tranquilos fue la respuesta de la gente. Llegaban muchas cartas, una señal de que el tema podía funcionar. Y aparecían dibujantes con ganas de trabajar. No teníamos miedo ni mirábamos si había algún Falcon en la calle, pero nos cuidábamos. Pero nos enteramos que la revista era tema de reunión en la Casa Rosada, y el que se mostraba como más duro era Albano Arguindeguy. Hacíamos a Jorge Videla ahogándose en el mar. Y para probar el grado de "tolerancia", armábamos jodas con fotos en la redacción, diciéndonos "¿Te parece que les va a gustar?" Entre 1978/79, lo peor de la represión había pasado, y nos dio mayor aire.

–Humor se convirtió en una especie de salvoconducto, un guiño entre los que se veían en la calle leyendo la misma revista.
–Era como pertenecer a una cofradía, a un club. Con tantos exiliados, se hizo muy importante la circulación de la revista en el exterior. 

–¿Qué ocurrió en democracia?
–No tenía la misma fuerza que al principio, pero aun así, el aporte general siguió siendo importante. No hablo sólo de la revista, sino de La Urraca, una editorial que sacó varios productos que hicieron escuela, incursionaron en la investigación periodística durante el alfonsinismo, y tomaron al menemismo como insumo básico para la cargada, para la sátira. Ocurrió que se fue dando un decaimiento general, baja de ventas, cansancio, que al final derivó en el cierre. En estos últimos 30 años, también el humor y el dibujo cambiaron mucho, porque cambió el mercado, pero también porque cambió el panorama tecnológico. Modificó gustos, alteró costumbres, hizo poner el ojo en lo audiovisual. Casi ni existían las revistas humorísticas, y el chiste pasaba sólo por cuadritos sueltos en los diarios, en la contratapa de Clarín o La Nación. 

–Y otro perfil más ligado al costumbrismo inocente. Don Fulgencio en La Razón, por ejemplo.
 –Personajes como Afanancio o Fúlmine, tan exitosos que terminaban convertidos en parte de la cotidianeidad. Alguien traía mala suerte y era un "Fúlmine", si te robabas algo te gritaban "Afanancio". En esto de las democracias escasas, y las dictaduras continuadas a partir de los '50, yo tengo una teoría: no había tantas cosas por las cuales protestar. En el primer peronismo, salvo críticas aisladas de la oposición, o el socialismo con la revista Vanguardia, medio clandestina, la gente, en general, estaba tranquila y bien. "La gran masa del pueblo", como dice la marcha. Claro, nadie suponía que se estaba gestando la peor de las represiones surgidas en el país. Lo humorístico pasaba por la típicas escenas de playa, o la suegra que no se te despega mientras paseás con tu novia. Era una vida amable y los medios gráficos reflejaban eso. 

–En democracia, también intentaron por otros lados que parodiaban lo corrupto del poder. Como el "Dr. Picafeces" que dibujaba Grondona White. 
–Fue la manera en que desarrollábamos historias con contenido, guionadas, para salir del mero cuadrito o de la viñeta. Por lo divertido le entrábamos a la gente, y por lo no amable, pretendíamos tirar un mensaje. También se arriesgaba con temas jodidos, como cuando Fontanarrosa hizo "Viven, los uruguayos en la cordillera". O ese mundo especulativo dejado por la dictadura: "El profesor Laposta", un típico personaje de la city financiera. Las Puertitas del señor López era la evasión, lo que el poder pretendía: una sociedad alienada. Aquiles y Tabaré armaban cosas extraordinarias. Fabre era capaz de tejer una versificación graciosísima. Era como un payador sin guitarra, típico uruguayo culto.

–El secuestro del número 97 de la revista quedó como una marca. 
–Nos sorprendió. La dictadura ya se estaba retirando. El tema es que (Luis) Gregorich y Enrique (Vázquez) venían escribiendo cosas muy duras, y los militares no aguantaron más. Enrique publicó cómo lo estaban apretando al juez Pedro Narvaiz, por seguir una investigación de secuestros y desapariciones en Comodoro Rivadavia, en los que estaban involucrados oficiales del sur. La nota transcribía documentos. El arreglo fue que el juez daba la información, pero como condición, pedía que esperáramos a que llegara a Brasil, donde pensaba radicarse... Un día aparece Mona (Moncalvillo) desesperada y le cuenta al Tano: "Está Patricio Kelly en la recepción. Dice que en este momento, Alfredo Astiz está viajando a Brasil para matar a Narvaiz." Habíamos arrancado con algunos chistes, y de repente estábamos metidos en quilombos increíbles (se ríe).

–También en democracia, la revista producía enojos de personajes del poder que hacían el ridículo. Eduardo Duhalde, por ejemplo. 
–Sí, eran cosas que no podíamos creer. Teníamos algunas fotos de una reunión en la Casa Rosada, y Andrés, que era muy hábil para esas cosas, les metió mano. Era el gobierno de Menem, y Duhalde estaba como vice. ¿Te acordás de Al Kassar? Un traficante de armas ligado al menemismo. El tano retocó las fotos, les dio color, y lo hizo al tipo como participando en la reunión. Y Duhalde bailando con una damajuana de vino en la cabeza. Memorable. ¡Salieron a desmentirlo, diciendo que Al Kassar nunca había estado en esa fiesta! Me llamaban desde las radios, y yo no sabía si contestar en serio o matarme de risa (se ríe).

–El menemismo no pudo prohibir la revista porque se hubiera generado un escándalo, pero la corrió por el lado económico y de los juicios.
–No eran juicios muy fundados, pero igual, nos jodieron bastante. Una vez publicamos un dossier con 100 casos de corrupción menemista, la compra de los guardapolvos, la lecha podrida, un depósito bancario de 230 mil dólares que Eduardo Menem tenía en Uruguay. Mostrábamos el facsímil del cheque, y reproducíamos un comentario de la revista Brecha. Incluso, poníamos que Menem lo había desmentido. Un párrafo corto, pero el juicio avanzó. Lo llevó el juez Liporace, un tipo que fue suspendido y acusado por corrupto al comprar una casa en San Isidro. Yo era el director: por los procesos que llovían, con Andrés decidimos repartir los cargos, para pilotearla. Me dieron de seis meses a un año en suspenso, que se convirtieron en tres meses tras la apelación. Hasta ahí, la cosa era tranquila, pero si había otro juicio, ibas en cana de verdad. Y llegó lo de Neustadt. Lo dibujamos en una playa con su mujer, tomando como base fotos de la revista Caras. Aparecía con un testículo medio afuera de la maya. Se ofendió. Un juicio civil por sumas inalcanzables... 

–Te embargaban todo lo que tenías. 
–La preocupación era esa. A la vuelta de un verano escuché el rumor de que el juicio no venía bien, y se me ocurrió llamar a mi abogado. Me preguntó si tenía propiedades. "Una casita en Ituzaingó, un auto viejo." "Bueno, venda todo porque se lo sacan." Al morir el Tano, la ex viuda de Neustadt reconsideró todo, y lo dejó de lado.

-Un dibujo.
"Elijo este dibujo, lo hice en 1972, cuando se venía la movida camporista y los militares estaban en retirada", dice. El recuadro mostraba a la Rosada anunciada en remate. Delante de una plaza que en pocos años se convertiría en punto de encuentro para reclamar por miles de secuestros, asesinatos y desapariciones. "Los pibes, los de las generaciones nuevas, están moldeados de otro modo. Nacieron en democracia, dentro de una continuidad que ni siquiera imaginábamos. Ese chiste, lamentablemente, pintó lo que vendría. Las revistas donde intentamos resistir a esa locura, cumplieron y marcaron un camino que hoy, con 30 años de democracia, se puede leer en perspectiva." 

Por qué Tomás Sanz.
Porque ayudó a gestar Satiricón, y fundó junto con Andrés Cascioli, Humor Registrado. Las dos revistas que marcaron otro camino en la historia del humor político gráfico. En la última, publicada entre 1978 y 1999, fue el director de una camada de periodistas y dibujantes difícil de repetir: Vázquez, Ruiz Núñez, Bortnik, Soriano, Feinmann, Gregorich, Fabregat, Tabaré, Llosa, Abrevaya, Grondona White, Moncalvillo, Dolina, Nine, Varela. Escribe y dibuja, aunque le gusta más lo segundo. Pero sobre todo, porque es un excelente tipo, queridísimo por sus compañeros, que vive tan simple y sin alarde como lo hace notar él mismo, cuando uno se le para enfrente y ve a alguien tranquilísimo, sin fanfarronería, contar todo lo que hizo. Que fue mucho. En la charla, Sanz dice de Aquiles Fabregat, su gran amigo, era un payador uruguayo metido en la Argentina. Si la historia del humor gráfico y su vinculación con la política fuera volcada en una historieta, Tomás se llevaría unos cuantos cuadritos.


Aquiles Fabregat, Andrés Cascioli y Tomás Sanz, 
los tres grandes hacedores de Humor Registrado




Autores de las fotografías: Sin datos.


viernes, 12 de julio de 2013

Museo del Humor: Andrés Cascioli, la revista Humor y más...


Ya el año pasado habíamos reproducido una nota del programa Vivo en Argentina (TV Pública) referida al Museo del Humor. Hace muy poco -a fines del mes pasado-  el ciclo volvió a visitar el museo, esta vez en el marco de la muestra homenaje a Andrés Cascioli.
Entonces, a continuación un panorama de la historia reciente de nuestro país, de las revistas Satiricón y Humor y del patrimonio del museo en cuanto a la historia del humor gráfico a través de las conversaciones con Nora Bonis (curadora de la muestra de Cascioli), Tomás Sanz (Secretario de redacción de Humor) y Hugo Maradei, Director del MUHU. 


lunes, 11 de abril de 2011

Humor Registrado

Ilustración de Andrés Cascioli

Hace ya casi 33 años (junio de 1978) salía a la calle el primer número de Humor Registrado, publicación noble, valiente y talentosa como pocas o - quizá - como ninguna.

Sobre esos inicios comenta Andrés Cascioli (1): "Para "limpiar" tanta mugre ante el mundo, la dictadura recurrió en 1978 al Mundial de Fútbol. Ese contexto significó al mismo tiempo una oportunidad: la de aprovechar el auge de nuestro deporte más popular para salir con Humor Registrado, cuyo nombre fue elegido deliberadamente para pasar desapercibido y no molestar a los cancerberos de turno. Ellos estaban prestando atención a otra cosa. Después de todo, el nombre no importaba. Lo importante eran los códigos que habíamos creado y que se reflejaban en el diseño de las portadas, en los titulares, en las secciones y en el talento de los dibujantes, guionistas y redactores que conformaban nuestro equipo (...). Con el equipo de Humor creamos nuestra propia zona liberada, porque percibíamos nuestro ámbito como un refugio, un espacio de libertad. Y la gente lo notaba. Por eso, rápidamente (un año, apenas) triplicamos las ventas. Ya no estábamos solos. Sentíamos el decidido apoyo de los lectores. (Ante la dictadura) Nosotros, desde la pequeña trinchera de Humor, hicimos lo que estaba a nuestro alcance en aquellos tiempos duros: denunciarlos y reírnos tanto de los protagonistas de la obra como de sus guionistas. Muchos argentinos creen que nuestro trabajo valió la pena. Yo pienso lo mismo."

Cascioli ideó la revista a comienzos de 1978, convocando a Tomás Sanz para la jefatura de la redacción y a un grupo de redactores entre los que se contaba Aquiles Fabregat. También invitó a los humoristas gráficos Fontanarrosa, Crist, Viuti, Grondona White, Fati, Sanyú, Maicas y Ceo, entre otros. Y a un joven Alejandro Dolina.

En la página 9 se presentaban así: "A los posible lectores: Pocas palabras. Porque, al igual que con cuentas claras, la amistad se conserva con discursos cortos. Es posible, sí, que tengamos alguna vieja amistad por conservar. Seguramente también haremos alguna nueva. A todos les proponemos un pequeño ejercicio de limpieza mental: tratar de olvidar, como tratamos nosotros, anteriores modelos, actitudes tremebundas, intenciones superadas. Realizaciones de valía o torpes imitaciones. A partir de aquí este es un divertido ensayo de juntar buenos dibujantes, humoristas con gracejo y gente que piensa con cierta firmeza y profundidad acerca de algunas cosas que pasan. Nada más. Vamos a tratar de ponernos ese tipo de anteojos para leer las páginas que siguen. Que nos divirtamos todos."

Para la primera tapa no anduvieron con chiquitas: se atacó el Mundial de Fútbol y la política económica de la dictadura mostrando al entonces técnico de la selección con las orejas del ministro de economía.

Por la Humor pasaron las viejas camadas de humoristas, los que estaban en la cresta de la ola en aquellos años ( y continuaron estando), los jóvenes de entonces que crecieron hasta adquirir un gran prestigio y los que surgieron en los últimos años de la revista, hoy ya consolidados. Pero ya habrá tiempo para ellos y para cada etapa...

Terminemos - por ahora - diciendo que en 1982 "la Humor" y su director recibieron el premio a la Mejor Revista Satírica del Mundo en Forte dei Marmi (Italia). Y en febrero de 1983, la decisión del gobierno de facto de secuestrar el número 97 originó el inmediato rechazo a tal medida y a la vez la absoluta solidaridad con la publicación por parte de grandes personalidades de la cultura y la política.

Ceo y Grondona White

Limura y Viuti

Crist

En la página 3 figuró el primer chiste gráfico del número 1, a cargo de Roberto Fontanarrosa


(1) Andrés Cascioli, Oche Califa y Juan Carlos Muñiz: La Revista HUMOR y la dictadura, editado por Musimundo, 2005